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The Ten Bells.

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The Ten Bells.

Mensaje por Ambientación el Lun Feb 10, 2014 5:34 am


The Ten Bells
Situado en la esquina de Commercial Street y Fournier Street, en Spitalfields, El Ten Bells lleva abierto desde 1752 y todavía conserva parte de su encanto victoriano. Este pub es probablemente el más famoso en la historia de Jack el Destripador, pues era aquí donde bebían sus víctimas.
Fotos del interior:

1-2-3-4

Dirección:
84 Commercial Street
London
E1 6LY

Estaciones de metro más cercanas:
Liverpool Street
Aldgate East

Número de teléfono:
020 7366 1721
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Re: The Ten Bells.

Mensaje por Ilse I. Aberdeen el Lun Feb 24, 2014 9:27 am

Con William Maybrick

19.35 – The Ten Bells– William Maybrick
El café del Ten Bells era su preferido. Quizás no tenía nada especial, mucho café, poca leche, no sabía a agua, pero tampoco era el mejor café que había tomado en Londes. ¿Qué mas daba?, era su sitio, su café, el café que había tomado antes de su pedida de mano, el café que había tomado al conocer al último chico con el que se había acostado, ¿qué habría sido de él?.

Inconscientemente, miró a su alrededor. Aquel día no parecía muy distinto al día en que lo había conocido, la misma reunión, el mismo tiempo lluvioso, ¿por qué no aparecía?. Parecía el típico tio que se acostaba con una cada noche, de hecho, Ilse estaba segura de que así era. Que lástima, siempre se acababa colando por el mismo tipo de tio mientras estos la olvidaban antes incluso de la segunda cita. Ah, pero William había sido diferente, el era un señorito con pasta, recordaba una y mil veces la historia que siempre le contaba cuando se metía con sus distinguidos modales: "Eso es porque soy un señorito de verdad, ¿no sabes que soy pariente de Dickens?". En aquel momento, solo le apenaba no haberle preguntado si aquella historia era verdadera.

Tomó un nuevo sorbo de café y miró su móvil, una foto de su gata en el fondo de pantalla le devolvió la mirada. Pequeños grupos de Ripperólogos se diseminaban por las mesas, mostrando fajos de papeles y recortes de periódico que mostraban las desgarradoras fotos del asesinato. Ilse en cambio estaba sola, los conocía a todos, al menos de vista, pero no le interesaba meterse en sus conversaciones conspiranoicas, estaba mejor a solas con su café.

Cuando William entró, un sosegado silencio inundó la sala. Cualquiera diría que el mismísimo Príncipe Charles se había acercado al lugar. Ilse ya no se escondía, ¿para qué?, habían sido ya numerosas las veces que había acudido a aquel tipo de reuniones, no para verle a él, si no para escuchar lo que tenía que decir.

Inconscientemente, se preguntaba qué pensaría William. Se podría decir que Jack había sido en parte el causante de su ruptura y ahora allí estaba ella, como otra loca más, atrapada en el halo de una leyenda negra que nunca podría llegar a resolverse. Ilse no sabía como había ocurrido, ni quería pensarlo, había caído en su propia trampa, en la trampa de un asesino que en cierta medida, había asesinado su relación. Mientras sus ojos seguían la estilizada figura de su marido, Ilse pensó en la autodestrucción y encontró algo atractivo en aquella idea.



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Re: The Ten Bells.

Mensaje por William Maybrick el Jue Mar 13, 2014 4:47 am

19.40 – The Ten Bell – Ilse Aberdeen
No parecía diferente a los demás, tan solo un chico normal y sano. Su madre siempre se esforzó por darle lo mejor y desde una edad muy temprana fue el orgullo de su padre. Aprendió a caminar y a hablar al mismo tiempo y como nunca quiso que lo cogieran en brazos, poco a poco y firmemente acabó metiéndose en su caparazón solitario. De pequeño lo consideraban extraño, nunca hablaba más de lo necesario y lo guardaba todo para sí, siempre soñando despierto fuera y dentro de su propio mundo, pero él se sentía bien.
...Es un lunático los lunes por la mañana, siempre confundido y perdido en sí mismo, dentro de su caparazón solitario. Catatónico por momentos, autista en ocasiones. Le cuesta luchar por seguir adelante día a día, se encierra entre sus papeles y escribe durante horas. Es un peligro para sí mismo, un hombre lleno de miedos y triste al mismo tiempo. Naufraga sin rumbo en el mar de su locura, pero se siente bien... —los labios carnosos de Shanice se entreabrieron para dejar escapar un suspiro mudo antes de levantar la barbilla y enfrentarse a la mirada de Will.

Aún estaba colocándose los gemelos en las mangas de su camisa, unos gemelos dorados con sus iniciales grabadas que su mujer le había regalado unos años atrás por su cumpleaños. Esbozó una sonrisa ante los desorbitados ojos negros de su acompañante y recitó de memoria la última frase de aquel trozo de papel que describía con minuciosidad la persona que había sido cuando todo lo que había en su mente era un hueco vacío y sin sentido.
Es un lunático, un maníaco transitorio, lleno de desilusiones imprevistas, ¿cuándo lo van a dejar salir de su caparazón solitario?
Sin saber muy bien qué decir, Shanice recogió sus rizos detrás de su diminuta oreja y continuó mirando a su amigo con consternación. Will debía haber leído aquella nota un centenar de veces para sabérsela de memoria, debía haberle atormentado sobremanera durante un tiempo, obligándolo a leerla una y otra vez hasta analizar cada una de sus palabras y el orden en el que la mano autora había decidido escribirlas. Antes de que pudiese pronunciar palabra alguna, sus labios quedaron sellados con un breve beso. Will conocía la manera de pensar de Shanice casi tan bien como sabía las medidas de su cuerpo, y actuó antes de que llegase a conclusiones erróneas y pudiese preocuparse por él más de lo debido.
No sé quién la escribió—confesó—, pero sospecho que podría haber sido mi hermano o...
¿Liam?
Liam—asintió una vez, no tenía otro hermano—. O mi mujer, Ilse. No sé quién más podría haber escrito algo así y hacérmelo llegar por correo sin remite ni sello postal. Pero la verdad, no tiene tanta importancia. Es simplemente que me parece un tanto poética ¿a ti no? siento la necesidad de averiguar quién es el autor y mandarle un ramo de flores con una tarjeta que lo felicite por su talento.
El ceño de su amiga se arrugó en un gesto de desconcierto.
¿Por qué haría Ilse algo así? ¿Tanto te odia?
Will dejó escapar una risilla.
No lo sé, es probable. Tengo que irme, seguiremos con esta investigación en otro momento. ¿Seguro que no quieres venir?

No hizo falta preguntar más veces, por supuesto que no quería asistir a aquella congregación de desequilibrados. Era así como la mayoría de las personas veían a los ripperólogos, pero al menos Shanice era honesta al respecto y lo respetaba. A Will le divertía que tuviesen esa concepción de ellos, hacía mucho tiempo que había aceptado la etiqueta de loco y perturbado y no se molestaba en negarla, sino que la convertía en su punto más fuerte y en símbolo de su supremacía respecto a los demás. Mejor lunático que ignorante, esa era su filosofía.

Rompió el silencio en el que se había sumido el pub cuando abrió la puerta con una de sus mejores sonrisas y un gesto divertido. Miró por encima de su hombro brevemente, alzando una ceja y, fingiendo estar confundido, preguntó:
¿Ese silencio absoluto es por mí? Cualquiera diría que la mismísima reina venía siguiendo mis pasos.
No necesitaba mucho más para ganarse a la audiencia, solo debía hacer uso de su carisma y don de gentes y los tenía a todos absolutamente involucrados en sus debates y teorías. Disfrutaba viendo sus caras asustadas, entusiasmadas y confundidas y aceptaba con gusto las aportaciones de aquellos que hacían un mayor y mejor uso de su inteligencia. Pero no debía olvidar que estaban allí para escucharlo a él, para aprender de sus conocimientos.

No fue hasta la mitad de su ponencia que reparó en su mujer, sentada en una mesa de esquina casi al final de la estancia, con sus dos manos alrededor de una taza de café, probablemente ya frío, con las piernas cruzadas y sus amplios ojos atentos. Junto a sus manos y la taza de café estaba su móvil, el mismo de siempre, aunque el número sería seguramente diferente y el fondo de pantalla ya no era una fotos de ellos dos en el sofá, compartiendo una manta y un bol de palomitas. Al desbloquear la pantalla aparecería su gato, Will estaba convencido de ello. No se sorprendió al verla, no era la primera vez que Ilse asistía a una de sus conferencias, y hacía ya tiempo que había dejado de tratar de entender sus razones. Sin embargo, no podía negarse a sí mismo que le molestaba. Su interés por el Destripador era la excusa que Ilse había utilizado para dejarlo, el motivo por el cual había dejado de quererlo y empezado a odiarlo. El asesino de su relación. Y ahí se encontraba de todos modos, cada vez más intrigada por lo que sucedería después, por conocer más acerca del nuevo Destripador. ¿Cuál era entonces la verdad detrás del fin de su relación? William había aceptado la ruptura, se podía decir que fue un acuerdo mutuo, pero ¿acaso le quedaba otra opción? Una relación es cosa de dos, si uno la rompe, se acabó.

Sus ojos se cruzaron, era inevitable. Will continuó con su discurso, dedicándole una sonrisa, y comprendió que aquello que le dolía era la traición. ¿Por qué inventarse una excusa? Habría bastado con confesar que sus sentimientos habían cambiado. Al fin y al cabo, la diferencia de edad iba a acabar por causar estragos tarde o temprano. Will lo habría entendido, podrían haber seguido siendo amigos, compartiendo sus intereses. Ella lo quiso así.

Una vez acabada su ponencia y tras pasar unos minutos respondiendo preguntas e incluso firmando algún que otro autógrafo, se acercó a la barra, pidió un par de pintas y se presentó ante su mujer.
Tengo un pequeño problema, me han servido una pinta de más y no me parecía correcto rechazarla. ¿Me acompañarías en la tediosa tarea de acabárnoslas?


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Re: The Ten Bells.

Mensaje por Ilse I. Aberdeen el Lun Mar 24, 2014 6:35 am

Con William Maybrick

19.35 – The Ten Bells– William Maybrick
Se mantuvo en silencio durante el tiempo que duró la charla. Seguía habiendo algo mágico, atrayente en la manera en que William hablaba y se movía. Desde que empezaba a hablar hasta que terminaba eran pocos los que podían apartar la vista de su esbelta figura para posarla en otro lugar. Sus palabras dejaban una estela imborrable en la sala, no podías moverte, no te atrevías a respirar. Así de fuerte era el impacto que William solía provocar en la gente. Era un maestro de la palabra y sí, quizás también del engaño, podías creerte todo lo que decía aunque estuviese hablando sobre la vida en Marte. Su arte era el engatusar, aunque con ella no había sido tan fácil.

Una leve sonrisa se dibujó en los labios de la chica mientras rememoraba, después de un centenar de veces, el momento en que se habían conocido. Lo recordaba como si hubiese pasado la noche anterior, y aunque no quería, la apenaba. Sabía que parte de la culpa del distanciamiento había sido de ella, y no se arrepentía. Aunque no estuviese viviendo sus mejores momentos entonces, tampoco lo hacía en la última etapa que había convivido con él. Sopló el café unas cuantas veces antes de mojar sus labios en él y desvió su mirada hacia la ventana durante unos segundos. Lluvia oscura, lluvia salada. El tiempo londinense nunca había estado tan acorde con sus emociones en aquel momento.

Apenas se inmutó cuando una sombra alta y estilizada apareció en su campo de visión. No hizo falta que mirase hacia arriba para cerciorarse de la presencia de William a su lado. Escuchó su voz con gesto calmado y adusto y volvió a dar un sorbo a su café antes de levantar la mirada para encontrarse con la de su marido. Los duelos de miradas le divertían mucho más que aquellos que se hacían utilizando las palabras.
No sé si el café y la pinta harían una buena combinación. —Contestó, alzando la taza de café en su mano. —Estoy segura de que puedes ofrecerme algo más interesante que eso. —Finalizó, alzando levemente las cejas y sonriendo débilmente.




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